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 Era la última página del cuento de hadas en la que todo arde como si nada hubiera sido importante, como si el argumento hubiera sido en vano, cada esfuerzo, cada lágrima, no valieron para nada.

Fallen Angel

Sus lágrimas caían abrasadoramente. Ella había caído. Su protegido estaba a punto de morir. Se debatían entre la vida y la muerte y ella no podía hacer nada. Con un beso lo arreglaría, con un beso él se salvaría, pero ella moriría lenta y dolorosamente. Cargar con el peso de dos por el otro, salvarle y que nunca sepa de la existencia de ese ángel que lo resguardó de todo daño, que nunca sepa de la existencia del ser que más le ha podido llegar a amar. Era un precio bastante alto, salvar una vida y no obtener reconocimiento por ello. No había tiempo para pensar. Meredith se acercó a su protegido; Adam Jones, cogió su barbilla y lentamente posó sus labios sobre los de él. El hospital se vio envuelto en la ira de un Dios traicionado. Las luces se apagaron y los cristales estallaron. El violento y furioso viento desordenaba las habitaciones, tiraba los armarios y destrozaba las paredes. Su ángel más puro, su ángel más obediente, su ángel más preciado había sucumbido ante un sentimiento humano. Había vuelto a ser traicionado, Meredith había caído como Luthbell cayó hace tiempo.
Los cabellos de Meredith se teñían de negro y las lágrimas empezaban a correr por sus mejillas. Se llevó las manos al rostro. ¿Lágrimas? Qué extraña sensación. ¿Dolor? Le ardía la espalda. Si fuera cierto que los ángeles tenían alas juraría que se las estaban arrancando. Su divinidad caía en picado mientras le grababan a fuego su pecado en la piel.
Sabía que no volvería a ver a Adam. Acarició la mejilla de éste mientras decía casi imperceptiblemente la palabra que le llevaría a la perdición.
-Te amo.
Y fue cuando su corazón se apagó y sus recuerdos estallaron en miles de fragmentos. Ya no era un ángel, ya no era un ser divino, ahora sólo era un saco de desperdicios. Sin pasado, sin presente, sin futuro. ¿Quién escribiría ahora su destino? ¿Qué será de su nueva vida?

Era hora de darle un final.

Anoche bebí y fumé. Creo que nunca me había encontrado peor.
 Como siempre, me prometiste venir, y como siempre, brilló tu ausencia.
Me encontraba sentado en un banco de la Plaza España, a las 12:40 pm, horas en las que sólo podía oír mi propia respiración. Alejado del consumismo que se encontraba por el día en las agitadas calles de Madrid, alejado del estrés con el que se vivía en dicha ciudad, alejado de tus mentiras. Era la segunda cajetilla, ya estaba mareado y con ganas de vomitar, el malestar físico se apoderaba de mí y no me iba a dejar escapar. Mis lágrimas corrían como si fueran las de un niño pequeño, ya me hacías demasiado daño. Eres egoísta. Los demás decían que al menos te tenía, ¿pero esto es tenerte? Simplemente juegas con mi ser, juegas a creer sentir amor, y siempre soy yo el pringado que se queda, con la débil esperanza de que esta vez vengas. ¿Qué he hecho mal? No lo sé.  Tú eres la culpable de mi situación, de mi estado, tú y tus mentiras, tú y mis falsas ilusiones.
Tiré la cajetilla a la carretera, empecé a ahogarme en lágrimas. No vendrías, ni ahora, ni hoy, ni mañana, nunca. ¿Cuántas veces nos habremos visto desde que empezamos, seis veces? Saqué el móvil y empecé a escribir un SMS: “Hemos cortado”. Lo envíe y me levanté. Sentí que me había liberado de unas pesadas cadenas, sentí que ya no estaría en una situación parecida, pero también sentí que me equivocaba al hacer esto,  no estaba seguro de lo que sentía.
Caminé por Gran Vía, parece mentira que fuera Madrid… Tan tranquilo, tan silencioso. La única que me acompañaba era la soledad. El frío me agarraba para no dejarme escapar, pero no me importaba, suficientes problemas tenía como para preocuparme de ello. Andaba mirando hacia el suelo, lamentando cada día que estuve a tu lado, odiando cada día que me dejaste con tan solo el calor de una chaqueta. Para mí siempre fue un “nosotros” para ti un “yo”, creías que con un vulgar mensaje en Facebook lo arreglarías todo, pero las cosas no son así. Tus sonrisas  se volvieron falsas y llenas de desprecio, mientras yo procuraba que las mías fueran las más sinceras que hubieras visto en tu vida. No sé qué prefiero ahora, vivir con tu permanente ausencia o vivir con tus imperdonables excusas baratas. Escoja lo que escoja TÚ no estarás a mi lado. ¿Olvidarme de todo? Es algo que se me haría imposible. El roce de tu cuerpo, tus miradas, tus besos… Todo ello hacía que olvidara mi enfado y me sumiera ante ti. Si te dijera que te desprecio te mentiría, si te dijera que te perdono sería idiota, si te dijera que te sigo queriendo sería cometer la mayor estupidez del siglo, porque sería la verdad.
Caminaba en silencio, sin palabras ajenas que llenen mis oídos de frustración, sin besos   que arranquen la piel de los labios, sin nadie que me hunda en un pozo de desesperación. Caminaba libre pero dolorido, como un pájaro al que han liberado pero tiene un ala herida; volará, pero podrá caer fácilmente hasta que se recupere.

If you really love me, you can remember me.

Act XI
Sophie Frinnegan

Fui corriendo hasta donde estaba padre, quería una explicación…Aunque ahora necesitaría dos; ambos en el suelo, Karan sujetaba su barbilla y le besaba. Padre se dejaba. La foto se deslizó de mis manos. Un grito agudo fue arrancado de mi garganta, al instante ambos se separaron.
-¡Sophie!-Exclamó Dailos.
Les miré y contuve las lágrimas, luego di media vuelta y empecé a caminar. Oía murmullos, quejas y mi nombre. Pero ya no atendía a nada, era cierto lo que madre me había contado de pequeña: “Llegará alguien y nos separará, pero no odies a tu padre por ello”. Empecé  a correr para huir lo más posible de aquel infierno, esa imagen me atormentaba; la sangre, Karan, padre… Me pisaba los talones, corría detrás de mí mientras gritaba mi nombre desesperadamente, pero yo no quería parar.
-¡Sophie!-Gritó
-¡Déjame, tú no eres mi padre!-Contesté cuando me agarró la muñeca.
-Déjame explicártelo…
-¡No quiero excusas baratas!
-Viene de atrás, Sophie, hace quince años, tú no habías nacido…
-¿Y qué quieres decirme con eso, que tuviste un lapsus en el que enrollabas con un hombre, que eres homosexual?-Pregunté desesperada.
Padre me pegó una cachetada.
-¡Tranquilízate!-Gritó.-No sé lo que me pasó, no sé lo que me pasa, no sé lo que siento. Sophie, soy su presa, hace quince años me mordió, hace quince años me marcó.-Su voz temblaba.-Vaya a donde vaya, él estará ahí, es algo de lo cual no me puedo desprender.
-¿Y madre, la amaste alguna vez?
-A tu madre le amé como pude, lo más que pude. Sophie, lo siento.
Aquellas palabras se habían quedado grabadas a fuego en mi corazón; “Vaya a donde vaya, él estará ahí, es algo de lo cual no me puedo desprender.” ¿Mi padre estaba maldito?
Caminé y caminé hasta alejarme de aquella casa y acabar en una playa al atardecer, había pasado horas y horas caminando mientras pensaba, tanto que había llegado a la cercana costa. Me tumbé en la orilla, sintiendo cómo las olas golpeaban mi cuerpo sin éxito alguno, dejando un rastro de sal en mi ropa. Miraba hacia el cielo mientras pensaba: ¿Qué ocurrirá a partir de ahora? ¿Volveré a Alemania o me quedaré viendo el sufrimiento de mi padre?  ¿Realmente merece la pena quedarse? Eran demasiadas preguntas sin respuesta, todo había ocurrido demasiado rápido. No sabía qué hacer, solo me limitaba a descansar en la arena, mientras la noche caía sobre mí como un espeso manto del cual no puedes librarte.

If you really love me, you can remember me.

Act X
Dailos Frinnegan

-¿Mentiroso? ¡Yo no miento!
-¿Ah no, usted siempre dice la verdad?
-Sí.-Respondí.
-Pues empiece por decir su verdadero nombre, Jean.
Sentí una punzada en el corazón, miré hacia otro lado deseando que todo fuera un sueño.
-Entonces eres tú.-Murmuré.
-Entonces soy yo.
Se agachó y cogió mi cara entre sus manos.
-Te he estado esperando.-Susurró.
-¿Por qué?-Pregunté.-Te traicioné, me casé y tuve una hija.
-Porque aún te amo.
Mi corazón empezaba a palpitar fuertemente.
-¿Tanto me amabas que tenía que deshacerte de mi esposa?-Pregunté dolorido.
-¿Ves las cicatrices de mi espalda? Eso es lo que me hizo su familia al enterarse de la relación que tuvimos una vez.
-¡No es excusa!
-Preferí que muriese ella a morir yo, tú harías lo mismo; al fin y al cabo somos iguales, iguales de egoístas.
-Desapareciste.
-No quería provocarte más daño.
-Te olvidaste de mí.
-Tú hiciste lo mismo.
-Pero te he recordado.
-Porque aún me amáis.
-¿Has tenido que morder a más personas para saber si eran yo?
-No, solo a ti-respiró hondo-tenía la corazonada de que no me iba a equivocar.
-¿Pretendes que te perdone?
-Por algo me quedé, ahora que ambos recordamos podemos…
-¡No!-Gritó.- ¿Crees que voy a olvidar lo que sufrí de la noche a la mañana?
-¡Calla, bastardo! Silencia tus palabras y déjame decirte lo que nunca dije, lo que no se puede expresar con el habla. Solo déjame besarte y te diré lo que callé durante años.
Se acercó lentamente a mis labios, rozándolos  para luego besarlos. Me dejaba llevar, como hace quince años.  Aquel callejón… No era la primera vez que nos veíamos ahí. 

If you really love me, you can remember me.

Act IX
Sophie Frinnegan

Otra vez me encontraba en la sala del cuadro, el lienzo me había llamado la atención, debía saber que había ahí. Con cuidado me puse de puntillas y me acerqué; el marco estaba separado, de detrás del lienzo asomaba una fotografía antigua. Alargué el brazo para poder cogerla. Cuando la acerqué a mis ojos no podía creer lo que veía; ¿mi padre de joven y Karan a su lado? ¿Cuál era el pasado de mi padre? ¿Qué tenían ellos en común? Había dicho que eran viejos amigos pero ¿Por qué nunca supe de su existencia?

If you really love me, you can remember me.

Act VIII
Karan Johnson

Sentía su miedo, ¿de verdad pensaba que le iba a atacar?
-Déjalo, no pretendo ser gracioso ni nada.-Dije irónicamente.
-¿Quién era su presa?
-No lo sé, lo olvidé.
-No mientas.
-No miento.-Sonreí.
Me levanté.
-¿Qué vas a hacer, morir de sed?
-Supongo.
Dailos me miró.
-Bebe de mi sangre.
-No quiero.
-Si no te cedo mi sangre, a lo mejor…
-No atacaría a su hija.
-Bebe de mi sangre, te lo suplico.
El grato olor de la sangre de Dailos me tentaba, su veneno me desataba, ese veneno que sacaba la bestia que soy a la luz. Me tiré encima de él, quedando arrodillados, pero yo encima, frente a frente. Cogí su barbilla y moví su cabeza, dejando el cuello a mi total disposición.
-¿Estás seguro?-Pregunté.
-Totalmente.-Respondió firmemente.
Desabroché el cuello de su camisa y acaricié su yugular. Me sentía como con él hace quince años. Lamí la parte del cuello a morder y hundí mis colmillos, notando como atravesaba la carne.
-Ah.-Suspiró  Dailos.
Agarraba su nuca con mi mano izquierda, la derecha la tenía colocada en su cintura, atrayéndolo hacia mí. Cada vez succionaba más sangre, manchando las camisas de ambos y dejando gotas en el suelo. La esencia de su sangre me llamaba, no me dejaba marchar, me pedía que siguiera succionándole la vida. Dailos se agarró fuertemente a mi camisa, empezaba a notar un ligero dolor al yo succionar su sangre.
-¡Ah!-Gritó mientras se resbalaba en la sangre y caía hacia atrás, provocando mi caída.
-Vaya, has roto la camisa.-Anuncié.
La camisa se había quedado abierta y los botones se habían esparcido por todo el suelo. Dailos me miró, aún agarraba ambas partes de la camisa. En sus ojos asomaban unas lágrimas que amenazaban con deslizarse.
-¿Te dolió mucho? Si es así, perdóname.-Me acerqué y lamí la zona de la herida, retirando toda la sangre restante.
Dailos temblaba. Me moví un poco; estaba sentado encima de su pelvis y quizás eso le incomodaba. Lamí mis manchados dedos y me levanté.
-Siento haberte mordido, ah, tranquilo, no te vas a convertir.
Cogió mi mano y me obligó a agacharme.
-¿Quién eres?-Susurró a mi oído.
-Karan.-Respondí.
-Deja el teatro barato.
Sonaba bastante serio.
-¿Quién sabe?
-Tú.
Me acerqué a su rostro y sonreí.
-Oh, no me digas que lo has olvidado, recuerda pues.-Rocé mis labios con los suyos.
¿Quería que me dejase de teatro barato? Lo haré, ahora que he conseguido su sangre, ahora que he verificado la identidad de ese hombre que me había acogido.
-¿Recordar?
-El mentiroso aquí eres tú.
Me quité la camisa y me levanté.
-Necesitaré otra camisa, ¿puedes darme una de cuando tenías veinte años?
Dailos me miraba seriamente, notó que recalqué el “veinte años”.