Siempre mandaba cartas, aquel desconocido que declaraba su amor a la persona equivocada. Desde hace tres meses recibía cartas para una mujer, claramente no eran para mí ya que soy un hombre. Recibía cuatro cartas por semana, las cuales guardaba con una pizca de cariño. Después de aquellos tres meses decidí investigar sobre aquel misterioso remitente, pero había fallecido hace ya un tiempo. Miré en una de las cartas la dirección y me dispuse a ir. Una sencilla casa de color blanco y tejas rojas, con una valla blanca que bordeaba el solar. Me abrió la puerta una hermosa mujer de cabello rubio, ojos color miel y piel clara.
-¿Desea algo?-Preguntó.
Su voz me envolvió en un aura de relax… Después de salir de mis pensamientos saqué una de las cartas y se la mostré.
-Ah, ya veo.-Se hizo a un lado.-Pase, por favor, ¿quiere tomar algo?
-No, gracias, tan solo venía para saber quién me mandaba todas las cartas.-Mire a mi alrededor.-El remitente está muerto así que me entró curiosidad.
-Soy su hija.
-Perdone.
-Fue hace tres años, pero encontré hace poco las cartas y tenía la necesidad de que alguien más que yo las leyera, son increíbles.
-¿A quién están dirigidas?-Pregunté curioso.
-A mi madre, mis padres se separaron cuando yo era pequeña. Mi padre escribió todas esas cartas mientras estaban juntos, pero nunca se las dio. Mi madre se mudó y nunca supo de la existencia de dichas cartas.-Se rascó la nariz.- ¿No las has tirado?
Sonreí.
-No, al contrario, las he guardado… Son muy… No sé qué decir.
Me cogió de la mano.
-Gracias…
Le miré fijamente a los ojos. Dios, qué bonitos eran, si tuviera que describir la perfección diría que era ese bello ser que se hallaba en frente de mí.
Quizás nunca lo hubiera imaginado, nunca habría imaginado que las cartas de un hombre a su ex-mujer, ambos fallecidos, unirían a dos personas totalmente ajenas involucrándolas en una nueva relación.

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